Un día mientras viajaba en la combi con rumbo a mi casa, una persona invidente subió y se sentó a mi lado, le dijo al cobrador el paradero donde iba a bajar y le pagó su pasaje. Esta persona era como de 50 años, tenía sus ojos desorbitados y la nariz desfigurada- por consecuencia del cáncer a la piel del que padecía. Vestía humildemente y llevaba entre sus brazos un bolso de tela.
Me saludó con mucha amabilidad y me preguntó si era universitaria, dude un poco si contestarle o no -porque creía que me iba a hablar durante todo el viaje y en ese momento no tenía ganas de escuchar a nadie- pero bueno, me dije y le contesté que sí, rápidamente me repreguntó qué estudiaba, y al unísono le dije: periodismo. Bajó su cabeza y enmudeció, luego me comenzó a contar historias que había escuchado en muchos reportajes de televisión acerca de personas invidentes y minusválidas, me decía que los de mi profesión inventaban y hacían creer a la gente que ellos eran unos mendigos que ganaban bastante dinero. Yo no sabía que decir ante semejante acusación, velozmente maquiné mi respuesta dentro de mi cabeza para que inmediatamente después que termine de hablar, exponérsela, pero no dejó de hablar, continuó y hasta me terminó por contar su largo camino por la vida.. Mientras me narraba sus tristes experiencias, los ojos se le llenaban de lágrimas, su rostro palidecía y sus palabras se tornaban entrecortadas. Tristeza era lo que despedía de su ser, lo observaba y mi corazón me apretaba, después de escuchar que la soledad rodeaba su vida, mis ojos se llenaban de lágrimas, cada palabra que pronunciaba era como un puñetazo a la igualdad y un descrédito más a la justicia.
Me decía que si hubiera tenido la oportunidad, hubiera estudiado derecho para ayudar a las personas que como él, están solas en el mundo o abandonados por sus familiares, porque creen que le son un estorbo. A él no le importaba ser ciego, total nunca pudo levantarse y ver los rayos del sol entrar por su ventana, y mucho menos perdía su tiempo en imaginar cómo eran los colores. Pero eso no importaba ya, él estaba dispuesto a ayudar a los demás, a dar un granito de arena con mucho tiempo y mucho más de voluntad. Lamentablemente, el cáncer a la piel lo eligió como víctima y no pudo ni rozar a sus sueños. Su manera de ganarle a la adversidad era mostrándole que tenía muchas ganas de luchar y salir a vender sus golosinas para juntar las moneditas que necesita para sobrevivir y pagar su cuartito en el que pasaba sus días acompañado de su soledad.
A la vez que ese hombre hablaba por mi mente pasaban cosas como: nadie los ayuda, están completamente solos, esperan que alguien abogue por ellos porque ya están cansados de ser una burla más de nuestra hipócrita sociedad.
Me preguntaba cómo era que ellos sin tener vista veían más de lo que nosotros podemos mirar. Este hombre me decía cosas que eran verdad, la injusticia e indiferencia con la que son tratados es el reflejo de la realidad.
Ya no recuerdo su nombre, pero cada palabra, cada gesto, cada lágrima estarán en mi mente y en mi corazón, ya que en esos 30 minutos aprendí que la vida es más que estudiar en una universidad o tomar clases con los mejores profesores. Él me enseñó lo dura que es la sociedad, lo egoístas que somos cuando caminamos por la calle y solo miramos lo superficial, mientras ignoramos a cientos de personas que solo esperan que no los dejemos atrás.
Me saludó con mucha amabilidad y me preguntó si era universitaria, dude un poco si contestarle o no -porque creía que me iba a hablar durante todo el viaje y en ese momento no tenía ganas de escuchar a nadie- pero bueno, me dije y le contesté que sí, rápidamente me repreguntó qué estudiaba, y al unísono le dije: periodismo. Bajó su cabeza y enmudeció, luego me comenzó a contar historias que había escuchado en muchos reportajes de televisión acerca de personas invidentes y minusválidas, me decía que los de mi profesión inventaban y hacían creer a la gente que ellos eran unos mendigos que ganaban bastante dinero. Yo no sabía que decir ante semejante acusación, velozmente maquiné mi respuesta dentro de mi cabeza para que inmediatamente después que termine de hablar, exponérsela, pero no dejó de hablar, continuó y hasta me terminó por contar su largo camino por la vida.. Mientras me narraba sus tristes experiencias, los ojos se le llenaban de lágrimas, su rostro palidecía y sus palabras se tornaban entrecortadas. Tristeza era lo que despedía de su ser, lo observaba y mi corazón me apretaba, después de escuchar que la soledad rodeaba su vida, mis ojos se llenaban de lágrimas, cada palabra que pronunciaba era como un puñetazo a la igualdad y un descrédito más a la justicia.
Me decía que si hubiera tenido la oportunidad, hubiera estudiado derecho para ayudar a las personas que como él, están solas en el mundo o abandonados por sus familiares, porque creen que le son un estorbo. A él no le importaba ser ciego, total nunca pudo levantarse y ver los rayos del sol entrar por su ventana, y mucho menos perdía su tiempo en imaginar cómo eran los colores. Pero eso no importaba ya, él estaba dispuesto a ayudar a los demás, a dar un granito de arena con mucho tiempo y mucho más de voluntad. Lamentablemente, el cáncer a la piel lo eligió como víctima y no pudo ni rozar a sus sueños. Su manera de ganarle a la adversidad era mostrándole que tenía muchas ganas de luchar y salir a vender sus golosinas para juntar las moneditas que necesita para sobrevivir y pagar su cuartito en el que pasaba sus días acompañado de su soledad.
A la vez que ese hombre hablaba por mi mente pasaban cosas como: nadie los ayuda, están completamente solos, esperan que alguien abogue por ellos porque ya están cansados de ser una burla más de nuestra hipócrita sociedad.
Me preguntaba cómo era que ellos sin tener vista veían más de lo que nosotros podemos mirar. Este hombre me decía cosas que eran verdad, la injusticia e indiferencia con la que son tratados es el reflejo de la realidad.
Ya no recuerdo su nombre, pero cada palabra, cada gesto, cada lágrima estarán en mi mente y en mi corazón, ya que en esos 30 minutos aprendí que la vida es más que estudiar en una universidad o tomar clases con los mejores profesores. Él me enseñó lo dura que es la sociedad, lo egoístas que somos cuando caminamos por la calle y solo miramos lo superficial, mientras ignoramos a cientos de personas que solo esperan que no los dejemos atrás.


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